Hacia una nueva cultura evaluadora.
Evaluación educativa y promoción escolar. Santiago Castillo y Jesús Cabrerizo. Editorial Prentice Hall. 2003.
Corresponde a los profesores ser los impulsadores del cambio hacia una nueva cultura evaluadora, donde la persona del alumno, es más importante que la calificación de su rendimiento. Para ello no es necesario plantear antagonismos entre las distintas modalidades y funciones de evaluación: antes era sumativa, y ahora tiene que ser formativa. Ahora, como antes, la evaluación en su esencia es siempre la misma, y somos nosotros los que la pedimos unas finalidades y unas funciones determinadas, según el momento, y además circunstancias que rodean a una intervención educativa. (Castillo Arredondo, 2002: p25)
El profesor es la persona mejor situada para generar el cambio de cultura evaluadora, en el día a día del aula. Los cambios profundos en los comportamientos humanos, no se modifican por la promulgación de un real decreto, y más, si tenemos en cuenta que el profesor es una persona, que junto a su experiencia como estudiante y a su formación como docente, ha de añadir los sucesivos cambios que sobre esta materia promueve la administración educativa que le afectan directamente; y a la presión social de las familias que le sigue exigiendo, preferentemente, una cuenta de resultados reflejada en las calificaciones de sus hijos. Esta situación no siempre viene acompañado de la valoración del esfuerzo y trabajo callado que realizan los profesores en el quehacer diario de las aulas. Hay que tener en cuenta que es a lo largo del proceso donde aprenden y se forman los alumnos, no en la notificación de sus resultados.
El profesorado se encuentra con que la administración educativa y la sociedad le piden numerosas tareas, más y mejores maneras en su desempeño docente, que le sumergen en la inseguridad y que, finalmente, se decanta en ansiedad o impotencia. Le pedimos mucho y le hemos dado poco en formación y reconocimiento social.
La nueva cultura evaluadora sitúa a la evaluación educativa en el centro neurálgico de la acción pedagógica acentuando su función de orientación, motivación y regulación de la enseñanza y de los aprendizajes. Su aportación principal se centra en proporcionar información y conocimiento, tanto a los profesores como a los alumnos, que les permita mejorar sus procesos de enseñanza y de aprendizaje, y, consecuentemente, los resultados de su actividad respectiva. Son importantes los resultados; pero antes lo son los procesos que lo generan. La evaluación educativa no se limita sólo a medir, sancionar o valorar los resultados y rendimientos escolares, sino que antes se preocupa de saber cómo se han producido, o cómo y por qué no se han producido satisfactoriamente, y aportar la explicación que permita tomar resoluciones e intervenciones de mejora. Esta forma de entender la evaluación, por parte del profesor, conlleva una mayor responsabilidad que le desarrolla una constante actitud evaluadora de carácter formativo y que prestigia la práctica docente, a la vez que fundamenta su quehacer profesional. Le fomenta el compromiso con la mejora que asume como agente principal de la evaluación que ya forma parte de su propia actuación en los procesos educativos, sobre los que le permite reflexionar y analizar con la intencionalidad de reconocer sus logros y sus fallos para reorientar su acción pedagógica y tomar las decisiones más adecuadas que mejoren la situación.
Evaluamos para aprender. Los profesores aprenden a mejorar su práctica docente, a no repetir planteamientos y actuaciones negativas, perturbadoras o ineficaces. Los alumnos aprenden a corregir sus errores, equivocaciones o carencias. Todos, evaluadores y evaluados, aprenden de la evaluación a cambiar, cuanto sea necesario, para rectificar a tiempo, evitar fallos y mejorar la práctica escolar. Para ello es imprescindible que ambos, profesores y alumnos, vean en la evaluación educativa el punto de encuentro en el que reciben información que mutuamente les afecta y en el que aprenden en qué, por qué y cómo necesitan cambiar si quieren mejorar.
Complejidad de la práctica evaluadora
No es extraño encontrarnos con profesores que confiesan de una forma más o menos explícita su dificultad, para evaluar o para elaborar la programación de aula. Y no resulta sorprendente si consideramos que, en torno a la evaluación, han surgido, una innumerable cantidad de nuevos términos y antiguos vocablos redefinidos. Así hablamos de evaluación inicial, evaluación predictiva, evaluación criterial, evaluación continua, evaluación global, evaluación normativa, evaluación cualitativa y cuantitativa……
El papel del profesor en el aula es también otro factor de inquietud. Su papel protagónico de sujeto agente – el profesor enseña-, se ha adjudicado al alumno – el alumno aprende-. Y para definir su tarea aparecen los nombres diversos: el profesor es asesor, motivador, animador, programador, evaluador, orientador, entrenador, conductor, facilitador, amigo, líder, etc.
Este contexto de evaluación normativa y didáctica es el marco en el que actúa el profesor. La responsabilidad de hacer una enseñanza eficaz para alumnos diversos- en cuanto a capacidad, intereses y procedencia social y cultural- produce consecuencias que afectan a las funciones del profesor. Tomar decisiones sobre qué enseñar ha pasado a formar parte de las tareas del profesor. Desarrollar de forma apreciable las capacidades de los alumnos, tanto en lo que se refiere a los conceptos que asimila, a los procedimientos que domina o a las actitudes que rigen su conducta, será otra de sus funciones básicas. Podemos describir la función actual del profesor como la de entrenador de alumnos. Entrenador es alguien que conoce las posibilidades de su pupilo, que le enseña unas metas apropiadas, le motiva, le exige y le prepara unas secuencias de entrenamiento eficaces para alcanzar los objetivos propuestos.
Pero además, si la educación tiene como finalidad el desarrollo de la persona humana y su integración en la sociedad, es evidente que, ante un reto como éste, hay que tomar precauciones. La práctica de la evaluación es, de hecho, la concreción de estas precauciones. Es preciso que, durante el proceso de aprendizaje, las personas implicadas puedan apreciar la eficacia de su trabajo para poder hacer las rectificaciones oportunas en el caso de que se presenten desviaciones significativas respecto a las finalidades deseables. El profesor, por su preparación, por su implicación y por la posibilidad que tiene de actuar como líder del proceso; es la persona idónea para ejercer el papel relevante de evaluador. Programar, entrenar- enseñar, orientar y evaluar son funciones básicas que perfila el papel del profesor actual.
En la educación primaria, la finalidad de la evaluación es siempre la de recoger datos que permitan reordenar el proceso de aprendizaje para conseguir el grado óptimo de desarrollo personal en los alumnos. Tiene siempre una finalidad formativa. En ningún caso tiene intención selectiva y clasificatoria ya que los objetivos de esta etapa de educación son para todos. En la educación secundaria se puede añadir una intención orientadora hacia la vocación y la futura profesión; y solamente en la educación superior, aparece la finalidad nueva de la evaluación como selección de personas con capacidad suficiente. Si no se asume con hechos, y es sólo con el cambio de nombres, el carácter formativo y formador de la evaluación, corre el riesgo de perpetuar su anacrónico concepto de ser un sistema para valorar y clasificar las personas, tras exámenes más o menos rigurosos, de cara al acceso a determinados ciclos o etapas del sistema educativo.
Planificación de la práctica evaluadora.
La nueva cultura evaluadora debe expresar con hechos significativos que evaluar no es someter a los alumnos cada cierto tiempo a un examen sólo para adjudicarles una nota que le informe del nivel alcanzado, sino que ha de basarse en una actitud de observación, de recogida de datos y de análisis que permita al profesor, y a las demás personas implicadas en el proceso, percibir, lo antes posible, las capacidades de los alumnos y las disfunciones de la acción educativa. Es de gran utilidad efectuar una planificación de la evaluación como estrategia de representación gráfica que pone de manifiesto aspectos estrechamente relacionados entre sí en los procesos de la enseñanza – aprendizaje y de la evaluación.
En toda actividad de enseñanza – aprendizaje intencional, el profesor programa qué va a enseñar y planifica cómo lo va a conseguir; y el alumno, por su parte, intenta progresar en la dirección que le muestra el profesor con más o menos esfuerzo y dedicación. Para que esta concurrencia de acciones tenga éxito debe haber por medio una regulación de las acciones de enseñanza aprendizaje. La evaluación es la pieza clave de la regulación del proceso. Si se quiere atender al desarrollo de alumnos con diferentes niveles, estilos y ritmos de aprendizaje, habrá que saber cómo progresan, cuáles son sus éxitos y cuáles son sus dificultades. La evaluación, entendida de este modo, es la base para la orientación del proceso de enseñanza aprendizaje; pero si además es ejercida por los profesores con intención dialogante y participativa, colaborando en equipo y de manera coordinada, se convertirá en una fuente inestimable de autoaprendizaje, autoevaluación y de estímulo profesional para los propios profesores.
La reflexión sobre las cuestiones de evaluación educativa es un elemento fundamental en la formación y el perfeccionamiento del docente.
La evaluación al servicio del progreso de los alumnos.
El objeto prioritario de la evaluación educativa es el progreso educativo de los alumnos conjuntamente con la finalidad del proceso de enseñanza – aprendizaje. Pero no hay que olvidar que la persona es una realidad ampliamente compleja, y que reunir datos significativos para evaluar su progreso no siempre es una tarea fácil. La tradición pedagógica ha impuesto el uso de evaluar el progreso de los alumnos en relación con unos objetivos concretos planteados con anterioridad. La tarea de evaluar empieza, según esto, en la definición de los objetivos didácticos. Hay que tener en cuenta la dificultad que entraña para algunos profesores la definición de objetivos, en muchos casos debido a la inseguridad que le produce el hecho de contrastar sus definiciones con normas y reglas más o menos formales. Es mucho más eficaz definir los objetivos didácticos teniendo más presente su naturaleza y finalidad que su perfección formal. Y en este sentido, un objetivo didáctico es la respuesta que se da al profesor a preguntas como: ¿Qué quiero que aprendan mis alumnos? y ¿Cómo sabré que lo han aprendido? La redacción de la respuesta a estas preguntas es de hecho la definición de un objetivo didáctico o educativo.
Otra acción clave en el proceso de evaluación será la de recoger datos significativos con relación a las conductas observables descritas en los objetivos y valorarlos en el conjunto del alumno y del grupo. Parece indudable que en la constatación del progreso educativo de los alumnos es el objetivo natural de la evaluación; pero si consideramos que este progreso se produce como consecuencia de la intervención de diferentes factores y personas, hay que buscar también la explicación de su existencia, o de su falta, mediante la evaluación de la influencia de estos elementos en el progreso de los alumnos.
Los nuevos enfoques curriculares se alejan de concepciones técnicas, y recuperan para el profesor el sentido de la autonomía y la responsabilidad de los principios curriculares que inspiran la práctica. Hay que volver a recordar que la evaluación no puede limitarse a ser un apéndice del proceso de aprendizaje o de enseñanza, sino más bien es necesario rescata su poder transformador orientado al conocimiento reflexivo y a la mejora del mismo proceso educativo. La evaluación formativa, en la práctica, se traduce en una acción interactiva que aporta al alumno información necesaria para hacer las correcciones en su aprendizaje y al profesor para realizar cambios en las condiciones con las que impulsa dicho de aprendizaje. La evaluación formativa, en todos los casos, pretende enriquecer y mejorar las actuaciones futuras del alumno, siendo también formadora de su autonomía y madurez personal.
Evaluar para orientar el aprendizaje del alumno
La evaluación formativa y formadora ayuda a saber orientarse y definir a dónde se quiere llegar, planificar las acciones para conseguirlo y a realizar la evaluación permanente que ayude a verificar si se va por buen camino. Dado que los estudiantes no tienen las mismas características es conveniente que ellos mismos se autoevalúen, autorregulen su esfuerzo y dedicación en la actividad escolar, bajo una adecuada actuación orientadora del profesor. No basta con decirle al alumno que va mal, o que no sabe, o que no tiene razón; sino que hay que orientarlo para que él mismo se dé cuenta de sus errores o deficiencias indicándole en qué va mal, qué es lo que no sabe, o en qué no tiene razón; a la vez que se le ayuda a que tome conciencia de su situación. Desde este contexto el profesor tiene que favorecer las condiciones que faciliten al estudiante su participación y responsabilidad evaluadora. Ello significa un cambio de la función tradicional o habitual del docente y del alumno y se pase a concebir el error como un elemento positivo dentro de la dinámica del aprendizaje. También conlleva que el estudiante debe hacer una autoevaluación de su trabajo y comprometerse con un plan personal de recuperación que remedie los errores señalados. El error es un elemento de alerta que provoca la autorreflexión y la necesaria reestructuración conceptual. No existen respuestas malas sino respuestas que permitan al profesor asumir la función de orientador y regulador de la actividad escolar que ayude al estudiante a revisar su trabajo y le lleve a redoblar su esfuerzo de mejora. Ya decía Stenhouse (1984) que evaluar es comprender y, obviamente, la comprensión conduce al cambio en busca de la mejora asequible.
Los profesores sabemos que el alumno aprende mucho más de lo que se puede comprobar en un examen. Como también sabemos que el examen no garantiza que aquello que se pregunta sea lo más relevante. Sin embargo, el profesor puede recoger información de lo que el alumno aún no consigue comprender a aprender. La corrección de pruebas, trabajos, tareas, etc. Son indispensables para comprender y superar loe errores o contrastar los diferentes puntos de vista. La tarea prioritaria del profesor es orientar el aprendizaje del alumno y asegurar que aquello que le propone aprende es valioso y merece dedicarle tiempo y esfuerzo. Ello implica considerar el aula como el único lugar para contrastar responsablemente las propias ideas con independencia; tal vez sea la única oportunidad que tienen los alumnos donde el error o la equivocación sea considerado parte de una etapa en la dinámica del aprendizaje. Superar el error, con la ayuda del profesor, es lo formativo y formador: es aprender a aprender…. También de los errores.